Jueves Santo: amor del bueno

Hoy, el centro del día está en la celebración de la institución de la Eucaristía. Es el Milagro de Milagros que ya te había anunciado Jesús en Cafarnaún y que pocos entendieron.

Es la fiesta en la que Jesús se hace tu alimento y te dice: juntos hasta el fin del mundo.

Si confiaras más en el Santo y Divino Sacramento y en su fuerza sanadora y reparadora, te confundirías menos; sufrirías menos, dudarías menos; temerías menos.

Hoy es el día para entender que el amor es darlo todo y ver en la Hostia el único alimento que de veras necesita tu alma y la medicina más segura para nuestra vida.

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Jesús ora en el huerto.

Y luego de este momento de unidad, sube con Jesús al monte. A ese lugar solo, donde todo asusta, donde no hay claridad, donde no se ve futuro. Estemos con él en la soledad.

Contempla su sudor de sangre y comprende que cuando el Señor suda es porque ve la historia de la humanidad y el pecado de todos los que pasaran por ella de principio a fin.

Él ve la negación que haces todos los días y la asume. Se prepara para el dolor. Está con Él de verdad. Es curioso que cuando vas de fiesta bailamos y beben toda la noche sin cansancio, ni sueño, pero si se tratamos de acompañar al Señor, resulta una cruz pesada. Y es difícil porque tu alma se cansa al momento de comprometerse con Cristo. Pero también esa hora que le das al Señor te pesa porque Él te regala un muy poquito del peso de lo que está sintiendo. Es como si fueras un  pequeño Cirene que ayudas a cargar el peso del dolor del pecado que Él está viendo.

 Ofrece ése cansancio; ofrecete para ser un pequeño Cirenes que apoye al Señor en la hora de la tribulación, acompañándolo en el peso de lo que ve, de lo que siente.

Vive este jueves santo como el  apóstol que Jesús ve en ti y  cuando sientas el cansancio, o la pereza, entiende que tú vas a dormir pero Él no lo hará.

Él cargara tu sueño, tu culpa, tu desprecio, tupecado. Por eso, acompaña a Jesús hasta donde puedas, así sea una hora, o media hora, o dos, pero préstate para aliviar un poco su dolor.

Y cuando estés en ese momento, sé astuto: saca tu artillería de dolores, de miedos, de cansancios, de preguntas sin respuestas, de pecado y aprovecha que en ése momento Él ve tus pecados, tus debilidades, para ponerlas bajo la sangre que suda. Es el momento de decirle: “haz de mí un ser nuevo. Llevate el miedo. Llevate éste pecado que me atormenta. Levate ésta duda o ésta tristeza. Llevate esto que no se, ésta pregunta que me hago de no saber quién soy o para dónde voy.”

Es la hora de entregarle eso al Señor porque Él se alista para cargar el madero y para liberarte a ti. Pídele que lave tu vida, tus dudas, todo esto con la sangre que rueda por sus mejillas.

Es el momento de cortar cadenas; es el momento de romper tendencias. Es el momento de sanar heridas. Es un momento único, que tiene fuerza y que se repite cada año. Es el momento en el que Él lo recibe todo, para cargarlo el viernes y con su sangre y su muerte romper esa cadena que te aflige y hacerte libres.

 

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