CRACOVIA 2016: En los pequeños gestos de amor podemos ver a Dios

Por: Omar Beleño

Rio 2013 fue mi primera jornada al igual que para varios de mis amigos. Allí pude ver y sentir que no estaba solo, que habían muchas más personas que compartían mi fe y amor por Dios. Pero en Cracovia 2016 más allá de entender que no estaba solo, pude sentir a Dios en la suave brisa, en la lluvia que nos refrescaba, en la nube que cubría el sol, en el amor de los polacos, en cada persona que me rodeaba y sobre todo sentir un encuentro personal con Él en mi corazón.

Uno de los momentos más fuertes fue durante la vigilia en el Campo de la Misericordia. El campus estaba alejado de la ciudad, el sol golpeaba con fuerza y el viento no soplaba, así fue la peregrinación hacia el lugar fue dura. Pero esas condiciones climáticas difíciles, no significaban nada cuando estas rodeado de un mar de gente que también desea llegar a encontrarse con el Papa y que mientras caminan a tu lado cantan en distintas lenguas. Personas que viendo que la multitud no avanza te ofrecen un durazno que sabe a gloria y te rocían con agua mientras hablan sobre su recorrido a Cracovia. En esos momentos nos dábamos cuenta que Dios estaba a nuestro lado durante el camino, y que tenía distintos rostros pero un solo lenguaje: el del amor.

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Después de caminar varias horas, finalmente llegamos al sitio donde todo el esfuerzo de los días anteriores daría fruto: Campus Misericordiae. Por un momento imaginen una gran extensión de campo sin árboles, con un escenario en el centro y lleno de una inmensa cantidad de personas ondeando la bandera de su país y de su grupo, un mar multicolor que salta de alegría porque ya llegaron al lugar donde horas más tarde sería la adoración y la eucaristía de envío.

El sol comienza a caery  ha llegado el momento: los testimonios abren el camino para que el corazón de cada uno de los presentes se disponga a estar frente a Jesús, a compartir con Él todos nuestros problemas, las luchas internas que cargamos y que nos hacen pesado el camino. Ya no sentimos el dolor ajeno como algo lejano que sale en la televisión o en la Web, es algo cercano, es un hermano, alguien por quien orar y que no se debe dejar de lado por vivir en un lugar distinto a nuestro país.

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Después de los días de jornada, podemos entender y vivir el discurso del Papa cuando nos dice que Jesús es el Señor del riesgo, aquél que va más allá que no se queda en la zona de confort y que para seguirlo hay que estar dispuesto a dejar el sofá y tomar nuestros zapatos.

Las palabras de Francisco no pueden ser más ciertas: seguir a Jesús es una aventura extrema que hace que dejemos el sofá y prefiere llevarte a la aventura. Mi aventura implicó dormir en la sala de una tierna abuelita polaca que,aunque no habla inglés, con sus gestos demuestra el amor de Dios. Implicó rezar el Avemaría con personas de Israel en el pueblo viejo de Varsovia, a cantar y bailar en lugares donde no creerías. Todo eso solo puede provocarlo Jesús y pocos pensaríamos que en algún momento Él nos volvería tan locos que, sin importar la distancia, haríamos de todo para reunirnos con su representante en la tierra.

En ese momento nos damos cuenta que las barreras no existen y que los puentes entre las distintas culturas se pueden construir cuando, sin importar la raza, lengua o nacionalidad, nos damos la mano haciendo una gran cadena que recorre todo el lugar y nos une.

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El discurso termina y la vigilia continúa, se encienden velas, en los rostros de algunos se comienzan a ver lágrimas. Incluso los que no lloraban debían tenerlas en su corazón. El campus se ilumina, ya no es un escenario en un terreno negro, las luces de las velas comienzan a florecer y ahora solo hay luz por todo el lugar.

En el silencio de la noche y a la luz de las velas, todos dejamos todas nuestras dudas, problemas  y preocupaciones frente al Santísimo. Volvemos a ser niños pequeños que se entregan y confían sin dudar en su padre. El tiempo pasa, lo dejamos todo en sus manos y la vigilia llega a su fin, pero la noche sigue.

Bajo las estrellas comenzamos a unirnos en pequeños grupos, en los que hablamos de muchas cosas, de lo que hemos vivido hasta el momento, de nuestro viaje, de nuestros países. Sentimos a Dios en cada persona, en las polacas que hablan acerca de la ciudad de la que vienen, en la francesa que sin miedo alguno se une al grupo, en el mexicano con quien hablas, en españolas que enseñan bailar flamenco y en los italianos que están locos por cambiar tu bandera entre muchos otros. Así pasamos la noche de la vigilia hablando y durmiendo cerca a personas de otras nacionalidades, a la luz de una vela que tiene por candelabro una botella y un zapato.

La noche se va y el sol llega, la misa de envío empieza, todos los sentimientos y emociones están a flor de piel, el camino que iniciamos el lunes 25 de julio ha llegado a su momento final, al menos en Cracovia.

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En la homilía escuchamos hablar de Zaqueo, una persona igual que nosotros y que vivió los mismos tres momentos que nosotros vivimos al encontrarnos con Jesús en el camino: la curiosidad, el tamaño y el qué dirán.

Como Zaqueo, muchas veces estamos intrigados por la presencia de Jesús, por conocerlo a tal punto que no importo lo que pensaran los demás y decidimos subir a un árbol para poder verlo, pues ante Él nuestra estatura es tan pequeña que no alcanzamos a verlo en la multitud, por eso buscamos alguna manera para poder verlo así sea de lejos y justo en ese momento nos llama por nuestro nombre, que para él es preciosos y único, para que bajemos de ese árbol y nos acerquemos a Él.

Pero al bajar del árbol y comenzar a caminar por la muchedumbre, el miedo nos llena pues escuchamos lo que dice la gente acerca de nosotros, sabemos que nos hemos equivocado, que lo hemos lastimado  y por eso no nos sentimos digno; pero eso no le importa, no se fija en nuestro pasado, sino en lo que podemos dar y sabiendo eso nos dice que se quedara esta noche en nuestra casa, en nuestro corazón y en nuestra vida cambiándolo todo al igual que hizo con la vida de Zaqueo.

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La Eucaristía termina al igual que la JMJ, tantos buenos momentos, tantas dificultades, el cansancio todo comienza a grabarse como fuego en nuestra mente y corazón. Y a pesar de que los días en Cracovia terminan, la jornada continua en nuestros hogares, dando todo lo que hemos recibido. El nuevo destino de nuestra peregrinación es dado, será en Panamá, los gritos estallan en el aire, las banderas ondean, el confeti blanco vuela, y los abrazos surgen de todas direcciones diciendo buen viaje, te veo en Panamá y Dios te bendiga.

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De las 18 personas que viajaron en nuestro grupo, sé que ninguna volvió a Colombia,  la Jornada cambioó algo en ellas, ya no son las mismas que iniciaron hace unas semanas una peregrinación a Polonia. Nuestra fe es más fuerte, algunos tomarían decisiones para su vida y otros guardaríamos todo en nuestro corazón para luego compartirlo y seguir el camino de la Jornada Mundial de la Juventud  en nuestra casa.

Creo que aún me faltaron cosas por decir, pero la idea no es hacer un libro o algo por el estilo. Así que creo que lo único que queda por decir es gracias Polonia, gracias Varsovia y  gracias Cracovia, por darnos una inolvidable Jornada Mundial de la Juventud y recibirnos con los brazos y puertas abiertas, por mostrarnos que la fe se vive en la dificultad y que en eso momentos crece y se fortalece. Y a cada uno de nuestros nuevos amigos, peregrinos y voluntarios les digo nos vemos en Panamá.

 

 

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